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Una mujer eternamente violada (2003)

En mis épocas de amateur literario (aún), en las clases de redacción literaria con Jorge Caicedo en Univalle, escribí este cuento corto. Han pasado casi 10 años de haberlo escrito pero es uno de mis hijos bobos. Hace unos días lo estuve leyendo y pensé que tenía tanto que corregir, que casi terminaría cambiando la historia; así que lo dejo como lo escribí originalmente.


altAl despertarse sintió un fuerte olor a loción barata mezclado con sala de urgencias y sudor reciente de hombre en su habitación. Se levantó asustada de la cama para encender la luz y mirase al espejo la fuente del dolor que sentía en la cara. Tenía una ojera más grande y más negra que la otra: era la marca de un puño. Esta vez estaba más golpeada y adolorida que de costumbre. Ya casi era media noche. Trataba de evocar lo sucedido: un hombre la golpeó hasta dejarla inconsciente. Recordó también que solo unos minutos antes que el hombre entrara eran las 11:24 PM. Solo estuvo inconsciente unos 8 minutos. El olor del hombre era fresco. Aún debía estar allí. Sacó una pistola automática de la mesita de noche y fue a buscarlo. No lo encontró en ninguna de las habitaciones.

Bajó al primer piso y vio la reja del patio dañada: el hombre debió subir por la tapia del vecino y saltar a la parte trasera de su casa, destruyó la reja para entrar. Fue a la cocina: había una olla con agua hirviendo; apagó la estufa. La puerta principal estaba abierta y las llaves pegadas a la cerradura por la parte de afuera: otra vez había olvidado quitar las llaves, pero recordó haber ajustado. Entonces tal vez el hombre entró por allí y huyó por atrás para no ser visto. “¿Qué necesidad tuvo de destruir la reja? ¿Por qué no abrió el candado?”, se dijo. Cerró la puerta y subió a su habitación.

Dejó la pistola sobre la cama y se puso a buscar pistas que el hombre pudo haber dejado. Nada. Siguió buscando. Notó que el televisor estaba prendido y sintonizado en un canal cultural. Dejó de atender lo que hacía y buscó el canal de las caricaturas. De repente un hombre salió del baño de su habitación, ella lo descubrió, tomó hábilmente la pistola y sacó de uno de los cajones de la mesita de noche un silenciador. Le apuntó en medio de los ojos.

-¿Está bien detective?- Dijo el hombre asustado.
-¿Quién es usted?- Preguntó ella.
-Soy su nuevo vecino.
-¿Cómo sabe que soy detective?
-Todos lo saben- Respondió él.
-¿Qué hace aquí?
-Escuché ruidos... las llaves estaban pegadas a la puerta.

Evidentemente no era ese el hombre que la había golpeado. Recordaba a un tipo como de 1,65, olía a marihuana y a aguardiente, tenía entre 30 y 35 años. Este hombre era diferente: 20 años, cuerpo de fisiculturista, alto, se llamaba Raúl, era estudiante de cuarto semestre de medicina. Ella, Gabriela bajó el arma y la puso con cuidado sobre la mesita.

-¿Para qué es el agua hervida?
-Para hacerle unos pañitos húmedos... sé de primeros auxilios... solo quería...
-No pierda tiempo- Interrumpió ella. –...Aún es sábado-.
-Ya lo sé- Aclara él.
-Entonces que espera, está a tiempo.

El hombre la mira desconcertado. La detective Gabriela le explica que aún no es Domingo y no ha pasado ni un solo Sábado desde hace 7 años sin ser abusada. También que debe golpearla sin compasión. Lo amenaza de muerte si no lo hace.

-Debe hacerlo, usted ahuyentó al hombre que lo haría-.

Raúl está un poco asustado pero recuerda los tiempos de las olimpiadas de lucha libre en el colegio. La golpea. Ya no tiene miedo, al fin y al cabo es un hombre. La toma del cabello, le da cachetadas. Ella trata de defenderse, lo aruña y lo golpea con la cabeza; pero el hombre es demasiado fuerte. Le hace el amor en el suelo sin ninguna compasión mientras la golpea. La besa apasionada y violentamente. La penetración no dura mucho.

-¿Eso era todo?- Pregunta ella con rabia.

El hombre se está vistiendo, lo golpea con el mango de la pistola. Él cae inconsciente. Está más adolorida que nunca, ya no siente el cuerpo; decide descansar un poco.

Se acuesta en la cama y no puede evitar el recuerdo de hace 7 años: El agente Mendoza, su amado esposo fue asesinado allí en esa misma casa por delincuentes comunes que entraron a vengarse del buen trabajo que ejercía el policía. Eran unos 10 y casi todos la violaron. La detective llora y maldice ese día nuevamente. Ya todo lo de hoy ha pasado, ya es Domingo. Pronto habrá otro Sábado, pronto habrá otro criminal al cual ajusticiar.

Recuerda que mañana tiene mil cosas que hacer, mañana tendrá que entregar su informe policiaco: simplemente dirá que su licencia para matar delincuentes debe ser renovada. Se levanta y ve la cara linda, tierna e inocente del tipo. Pero ya no hay vuelta de hoja, debe prepararse para hacer lo que hace todos los domingos en la madrugada: matar al criminal que la viola. Envuelve al hombre en una bolsa negra, aunque aún está vivo. Nota que ya es la 1:45 AM, es temprano pero no tiene fuerzas para botar el cadáver. Lo lleva arrastrado hasta el patio sin dispararle para no manchar la alfombra de sangre. Sin pensarlo dos veces abre una fosa. El Lunes entregará su informe con el inventario de las municiones. Lo entierra sin abrir fuego.

Al volver, mira la reja dañada.

-Maldita sea- se dice –la próxima vez dejaré la puerta abierta.

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    Acerca de...

    Ricardo Delgado

    Habiendo nacido en una era digital y dedicando mi vida al diseño y a la enseñanza de la informática, la literatura apareció en mi vida desde antes de nacer. Aquí dejo cositas escritas, le dejo el turno a las palabras que son testigo, aquí comparto algo de mi doble vida, de mi doble identidad.

     
     
     

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